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martes, 19 de noviembre de 2013

Héroes de fuego

En esta oportunidad quiero compartir una nota que realizó Camila Belén Zarandón. Camila, quiero decirte que me encantó la nota, hay una gran escritora en vos. Me siento halagado y a la vez siento que me queda grande, gracias por tan lindas palabras, creo que no merezco tanto. Si siento que estos locos que eligen ser bomberos voluntarios, que están hace años sirviendo a su comunidad, son verdaderos héroes y es un placer para mí estar cerca de ellos. 
Abajo la transcribo y para el que quiera ver más puede hacerlo en su blog: www.periodismotranserrano.blogspot.com.ar




HÉROES DE FUEGO

            El intenso anaranjado del amanecer presagiaba una jornada calurosa. La naturaleza recibía al nuevo día con el singular sonido del trino de las aves y el desliz alborotado de lágrimas de polvo. En el ambiente se respiraba tristeza y sequía.
            Pablo Busse salió al patio de su casa dispuesto a alimentar a los pájaros que cada mañana lo visitaban. Inspiró profundo y observó el paisaje. El verde amarillento cubría árboles y pastizales, mientras que una gama de grises revoloteaba en torno a la brisa. Dirigió su mirada a las majestuosas sierras cordobesas, esperando deleitarse nuevamente con la espectacular vista que ofrecían, pero se sorprendió. Al filo de las mismas se distinguía una columna de humo. “Un incendio” pensó. De inmediato llamó al cuartel de Bomberos Voluntarios de la localidad de Los Hornillos y expresó su deseo de colaborar en la lucha contra el fuego. “Estoy a su disposición” dijo con ímpetu.

            Pablo es oriundo de la Ciudad de La Plata. Tiene 42 años y cuenta con una amplia variedad de profesiones en su haber: coach ontológico, administrador de empresas, practicante de aikido, piloto de aeronaves y escritor en el blog www.permitidovolar.com . No obstante, para ver realizado su afán de servir al prójimo tuvo que recorrer un largo camino. A fines del año 2012 abandonó su ciudad natal en busca de nuevos horizontes. Es así que junto a su esposa y sus dos hijos menores se estableció en Nono, un tranquilo y pintoresco pueblo con alma de artistas, colmado de historias y surcado por ríos de aguas cristalinas, que se ubica en el corazón del Valle de Traslasierra, provincia de Córdoba. Allí su ideal de aventura y prestación comenzó a tomar forma. Un frío día invernal leyó un mail enviado por la Cámara de Comercio del pueblo, que lanzaba una convocatoria para conformar el cuerpo de bomberos voluntarios del destacamento de Nono, inaugurado el pasado 2 de junio en honor al Día del Bombero. Entusiasmado, aceptó gustosamente.

            Ese martes 10 de septiembre, Pablo se propuso continuar con su rutina diaria. Por teléfono le habían dicho “Cualquier cosa te avisamos. Tenemos que esperar que baje un poco más, para que nosotros podamos llegar”. Sin embargo, un insistente pensamiento se había instalado en su mente “tengo que ir” se repetía, “algo puedo hacer”. Si bien sólo era un aspirante  que contaba con poco tiempo de entrenamiento, coraje, brío y determinación lo impulsaban a actuar. Recordaba la energía que invadía su cuerpo cuando de pibe veía películas en las que intervenían los bomberos, quienes rodeados por un aura de audacia y valentía rescataban a la gente y acometían las llamas. Estaba muy movilizado.
            Decidido se dirigió al cuartel de Los Hornillos, donde se informó más sobre el tema. El incendio tenía origen en el Valle de Calamuchita, situado al otro lado de las Sierras Grandes. Era tanta su magnitud que había logrado cruzar la cima y estaba bajando rápidamente por la falda oeste rumbo a Las Rabonas, localidad limítrofe a Nono y a Los Hornillos. También escuchó comentarios acerca de que eran muy pocas las personas con las que se contaba para subir a las cumbres. “Yo voy” dijo muy convencido. Una hora más tarde vestía un mameluco anaranjado, portaba los elementos necesarios en una mochila y para su deleite, sobrevolaba el Valle de Traslasierra en un imponente helicóptero del ejército. Estaba listo para su bautismo de fuego.
            Emprendió la drástica aventura junto a nueve compañeros, quienes comprometidos con su labor no sólo cargaban en sus espaldas líneas, mochilas de agua, frutas y bebidas, sino también valor, convicción y nobleza. Fueron 14 horas de intensa lucha. El gigante avanzaba intrépidamente, devorando todo a su paso. Árboles centenarios y flora autóctona sucumbían ante el monstruo de luz y calor. El agua no era suficiente. La sequía y las altas temperaturas complicaban aún más la situación. Los bomberos peleaban cuerpo a cuerpo contra el fuego, lo azotaban enérgicamente con chicotes, deseando que su esfuerzo dé resultado.
            Cuando el incendio parecía estar controlado, surgió otro obstáculo: comenzó a soplar viento en dirección este a unos 30km/h, factor que reavivó las llamas. Reanudaron la batalla, pero el enemigo parecía no ceder.

            “Me sentía tan vivo como el mismo fuego… -me dice con un brillo en los ojos-. Hubo momentos en los que no daba más, tenía los brazos muy cansados. Igual hay como una fuerza que te sale de adentro, que te impulsa a seguir. Te acalambras pero seguís, te duele pero seguís”. Agrega también que en todo momento se sintió cuidado por sus pares, quienes estaban atentos a todos los detalles y lo guiaban y apoyaban en la ardua tarea. “Vi un equipo muy unido, que respondía a las instrucciones de Santiago”.

            Fue justamente Santiago quien, al percibir el agotamiento del grupo, tomó la desición de regresar. El descenso fue largo y duro, la geografía del terreno y el cansancio acumulado imposibilitaban la marcha. Luego de horas de caminata, llegaron al lugar donde los esperaba la camioneta encargada de transportarlos al cuartel; allí recuperaron fuerzas con comida caliente y bebidas hidratantes. Estaban extenuados, pero su interior ardía de satisfacción y felicidad ante la certeza de haber realizado su mejor esfuerzo.

            Santiago Ramírez es jefe del Destacamento de Bomberos Voluntarios de Nono. Cuenta con una amplia experiencia al servicio de la comunidad. Comenzó hace 11 años como integrante de una patrulla que se dedicaba a la prevención y combate de fuegos chicos. Pero su prestación crecía junto con él, que por entonces sólo tenía 18 años e ingresó al cuartel de la localidad de Mina Clavero. Luego se incorporó al cuerpo de bomberos de Los Hornillos, donde actuó con éxito hasta que el destino lo trajo a su lugar de origen, Nono.
            Se refiere a su vivencia en el incendio de septiembre con el profesionalismo que lo caracteriza “Tuvo lugar en cercanías a Las Rabonas, donde fueron afectadas aproximadamente 8.000 hectáreas, en las cuales trabajamos seis días para llegar a hacer la extinción total”. Menciona que se hizo hincapié en los sectores bajos de las serranías, para evitar que las llamas llegaran a las zonas pobladas. La operación fue compleja, ya que hubo varios momentos en los que el fuego cobraba intensidad y era imposible controlarlo. Además, un terreno rico en laderas, paredones, piedras y pastizales dificultaba el accionar del equipo.
           
            Durante seis días los habitantes transerranos fueron tristes testigos del sufrimiento de la naturaleza. Miraban al cielo y rogaban por agua, por gotas que calmasen el aullido infernal de la tierra. Estaban hastiados de la sequía que imperaba en un ambiente sin lluvias desde hacía más de cinco meses. Un sinfín de sensaciones invadía sus cuerpos al tiempo que alentaban fervientemente a las diferentes dotaciones que se arrojaban con denuedo a cumplir su difícil misión.
            Con el operativo de extinción colaboraron también las entidades gubernamentales, que aportaron helicópteros, aviones hidrantes y personal especializado. Los civiles más intrépidos tampoco permanecieron ociosos, con un espíritu de hierro acataron las órdenes de los bomberos y se sumaron a la lucha. Su cooperación resultó inestimable. Una comunidad fuertemente unida donaba con ahínco materiales y alimentos.
           
            “La buena voluntad de la gente para ayudar era increíble, nunca habíamos vivido una situación de tanta solidaridad” sostiene Daniela Romano, una joven de 26 años que se desempeña como instructora de aspirantes menores en el cuartel de Los Hornillos. Con una sonrisa nostálgica relata que se unió hace 11 años motivada por las excursiones al aire libre y el contacto con el medio ambiente. A medida que el tiempo transcurría, se fue interiorizando con las actividades propias de la tarea humanitaria que definió su vocación de servicio.
            En el combate del gran foco de septiembre, Daniela cumplió un rol fundamental; se encargó de la organización del cuerpo de bomberos, brindando el apoyo logístico necesario para cumplir el objetivo. No ascendió a la zona en crisis, su tarea estuvo concentrada en la base de las sierras y en el cuartel. Registró en el libro de guardia cuantas personas subían, con qué medios de comunicación contaban, qué herramientas transportaban, quién estaba a cargo. Además informó constantemente de la situación a una sociedad alerta que se hacía eco del siniestro mediante las redes sociales. “Había que tranquilizar a la gente, informarle que estábamos trabajando. Explicarles también que algunos lugares eran inaccesibles. Somos bomberos, pero no volamos”.
            Le pregunto cómo es el vínculo entre compañeros al momento de afrontar estas penosas circunstancias. “En el trabajo surge el verdadero equipo” responde, orgullosa de pertenecer al mismo.
           
            El incendio que azotó a este sector de Traslasierra finalmente fue controlado el domingo 15 de septiembre, cuando la tan anhelada lluvia se hizo presente. Pero el alivio fue total al día siguiente. Para diversión de los niños y sorpresa de los adultos una intensa y copiosa nevada cubrió de blanco valles y serranías. Fue un regalo del cielo que llegó en el momento justo. Los copos invadieron la zona afectada. Luego del rastrillaje y la guardia de cenizas correspondientes, los bomberos pudieron al fin descansar.


                       
            Pablo narra su experiencia con sencillez y emotividad. “Me gusta sentir que servís”, dice convencido de su labor. Aunque todavía permanece incrédulo ante las muestras de agradecimiento de algunos pobladores, que lo ven en la calle y se acercan a felicitarlo y estrechar su mano.
           

            Es domingo 10 de noviembre. Ya han pasado dos meses de aquel terrible incendio. Pablo lo recuerda como una aventura inolvidable que marcó un hito en su espíritu. Extasiado de memorias se sube a su camioneta y se dirige al lugar de prácticas. Está entusiasmado ante la perspectiva de reencontrarse con sus compañeros, con aquellos héroes anónimos en los que se puede confiar en todas las circunstancias de la vida. El vehículo avanza pesadamente por las calles polvorientas, al tiempo que la naturaleza brilla de un atardecer color fuego.  

jueves, 19 de mayo de 2011

Robert



Ésta vez no recuerdo en qué fecha fue. Era un día soleado, y me encontraba con mi familia en lo que en esa época era el Hotel Gaviotas Fly Inn, en La Tebaida, Quindío. Tampoco recuerdo porqué, pero estaban con nosotros algunos amigos de la familia. Entre ellos se encontraba Roberto Caldas, aviador, director de la Revista Aviación y viejo amigo de mi padre. Los señores estaban en la pista del Hotel volando aeromodelos. Mi madre, mi hermana y yo estábamos en la piscina, jugando, tomando limonada y conversando. Ése era el plan de todos los domingos. Hacía unos 15 minutos yo estaba por fuera del agua, comiendo papas a la francesa, cuando llegó ‘Robert’, como le decimos de cariño. Me dijo –Manu, estás ocupada? Te da pereza acompañarme al aeropuerto un instante?-. Los aeropuertos son uno de los sitios donde más cómoda me siento, por lo que no dudé en lo que debía responder. Yo me reí, y le dije que con mucho gusto lo haría si me daba 10 minutos para bañarme y ponerme ropa deportiva, pues no me sentiría bien saliendo del hotel oliendo a cloro y con el cabello un poco desordenado. Robert se negó, diciéndome apresuradamente que debía salir rápido, que no importaba que me fuera así pues no nos demoraríamos y regresaríamos pronto al hotel. No dio más explicaciones. No tuve más salida que ponerme una falda en forma de improvisada salida de baño, dejar el orgullo de mujer al salir siempre arreglada y subirme descalza a un taxi que nos llevaría al Aeropuerto El Edén, ubicado a unos 7 ó 10 minutos del hotel.
Yo le creí y cuando llegamos no me bajé del taxi, a lo que Robert reaccionó y me dijo –Vamos Manu! No te vas a quedar ahí, o si? – Lo miré con cara de asombro e instintivamente me bajé. Ahí estaba yo parada, en toda la entrada del aeropuerto, sin zapatos, con una falda, el top del vestido de baño, el cabello enredado y oliendo a cloro. “Lo voy a ahorcar!”-pensé, pero ya no había nada por hacer. Por ahora debía aguantarme la mirada de los maleteros, pasajeros, acompañantes taxistas y conductores que pasaban por el lugar.
Entramos al edificio y Robert caminaba rápidamente, por lo que me tocó seguirle el paso. Subimos unas escaleras y yo no entendía cuál era el motivo de su afán. Se acercó a una puerta que decía “Plan de vuelo”. Yo me quedé afuera, y cuando salió ya no estaba tan estresado. Sólo llevaba unos papeles en la mano. De pronto lo entendí. Volaríamos. No sé a dónde, pero lo haríamos. Bajamos las escaleras y entramos a la sala de abordaje, que se encontraba llena de pasajeros pues había un vuelo de Avianca pendiente por salir. Para mi fortuna la atravesamos rápidamente, de tal manera que no mucha gente nos vio pasar, y salimos a la plataforma. Allí estaba aparcado el avión de Robert. Era un Urraco Magic GS 700 rojo con blanco y azul, muy lindo! Yo estaba realmente incómoda, pues el pavimento estaba muy caliente y yo no tenía zapatos puestos. Robert lo notó y abrió el avión para que yo me sentara. De inmediato nos dio un ataque de risa incontenible! Tenía mezclados sentimientos de malgenio, vergüenza, emoción, nervios, incertidumbre y sorpresa. Tal vez a las autoridades aeroportuarias la situación les pareció algo sospechosa, y enviaron policías a revisar. Eran como cuatro! Miraban extrañados, buscando explicación a lo que veían. Nos requisaron y preguntaron muchas más cosas de las que normalmente preguntan, entre ellas el destino y motivo del vuelo. Ahí fue cuando me enteré de lo que me esperaba. Casi me da un paro cardíaco. Resulta que no sé porqué pero debíamos volar a Pereira para tanquear el avión, ya que ese mismo día Robert regresaba a Bogotá y en Armenia no lo podía hacer. Y yo sería la “afortunada” acompañante.
Terminaron la requisa y la revisión pre-vuelo, por lo que nos dispusimos a despegar. Robert llevó el avión hasta el final de la pista para enfrentarla. Me miró con una expresión de ‘Estás lista?’ y yo asentí con la cabeza. Por instinto, como si fuera en una moto, me sostuve la pequeña y sedosa falda que cubría mis piernas. Me sentía desnuda! Salimos e inmediatamente empecé a sentir mucho frio. Sobrevolamos la zona por unos minutos y Robert alineó el avión con la pista del Hotel. En esa época la pista estaba cerrada, ya que se logró comprobar que había sido utilizada por el narcotráfico y era totalmente prohibido el aterrizaje de aeronaves tripuladas. Sólo permitían su uso para aeromodelismo o piques de cuarto de milla. Por este motivo había unos conos atravesados en ella y solo habilitaban una parte para los pequeños aviones. Solo en forma de broma, procedimos a hacer un rasante muy bajo, y de repente los porteros del hotel corrieron a quitar los conos! Pensaron que aterrizaríamos ahí! Fue muy gracioso verlos desde el aire con cara de preocupación y afán para evitar una tragedia!
Al final de la pista hay un árbol gigante. El avión avanzaba y el árbol se acercaba. Yo estaba entretenida viendo a mi padre saludarme desde el volco de la camioneta que se convertía en su taller móvil cada domingo. De repente Robert, a último momento, haló fuertemente la cabrilla del ultraliviano al tiempo en que me miraba de reojo para notar mi reacción. Nos miramos y nos reímos efusivamente. Él no sabía sobre mis andanzas en parapente y lo entrenado que tengo a mi cuerpo para sentir esa clase de vacíos.
Después de un ligero sobrevuelo por el hotel, tomamos rumbo hacia Pereira. Íbamos conversando tranquilamente, disfrutando del verde y fértil paisaje del departamento del Quindío. Cruzamos por encima de La Tebaida y Montenegro, cerca al Parque Nacional del Café. Al lado izquierdo vimos un municipio llamado Quimbaya, famoso por las fiestas del alumbrado (o día de la Virgen María, para los católicos) del 8 de diciembre, logrando el Record Guinness a la mayor cantidad de faroles encendidos. Más adelante tuvimos a Armenia a la derecha, y detrás de ella Calarcá y su mariposario. Unos minutos más tarde encontramos a Salento y el Valle del Cocora sobre la misma cordillera, para luego, al lado de Robert, tener a Circasia, tradicional por las almojábanas, algo así como un esponjoso pan de queso. Siguió Filandia, un típico pueblito cafetero. Hasta ahí llega el Quindío.
El vuelo continuó sobre praderas, bosques, cultivos y pequeñas colinas, hasta tener a la vista Pereira. Después de comunicarse con los controladores, Robert hizo el patrón de aproximación y aterrizamos. Mientras carreteábamos recuerdo haber visto en la plataforma un hermoso A320 de Avianca. –Es mi avión favorito!- le comenté emocionada a mi ‘capitán’, mientras me sonreía. Se me olvidó la forma en que estaba vestida, estaba feliz! Llegamos a la zona de tanqueo y había también estacionado un Beechcraft 90, espectacular, imponente, elegante, sofisticado. Me sentía idiotizada por tener esta clase de aeronaves al lado mío. En Armenia no es frecuente verlas, mucho menos tan de cerca. Robert se bajó del pequeño Magic y rogué para que yo no tuviera que hacerlo. Me moría de la vergüenza. No quería volver a pasar por lo que me había tocado en Armenia. Lógicamente me tocó hacerlo. Los reglamentos no permiten tanquear el avión con pasajeros en su interior. Nos informaron que tardaría un poco el procedimiento, por lo que a Robert se le ocurrió la ‘genial’ idea de ir al edificio a tomarnos algo. Yo lo dudé, pero antes de poder decir algo Robert ya estaba yendo hacia la terminal aérea. Caminamos unos 150 metros hasta poder librarme del asfalto caliente, para entrar a los locales comerciales. De nuevo me sentí centro de atención. No es frecuente ver a alguien con atuendo de piscina en un aeropuerto. En el primer local que encontramos, para no voltear mucho, Robert pidió una combinación colombianísima –un tinto y un cigarrillo, por favor- y yo pedí un jugo de mora, pues estaba haciendo calor y quería refrescarme.
Era hora de regresar. Nos devolvimos por las mismas escaleras por las que entramos al aeropuerto pero un guardia de seguridad nos detuvo. Parece que era una zona restringida y no se permitía la circulación de particulares. Le explicamos que por allí habíamos ingresado pero no aprobó la salida, ni siquiera viendo mi situación. El tipo era muy antipático. La única opción para volver al avión era salir totalmente del edificio del aeropuerto, caminar por la ‘avenida’ y entrar por el edificio de aviación privada. Definitivamente, no era mi día… Hasta el momento, o por lo menos eso pensaba yo.
Después de unos infernales minutos de caminata descalza llegamos y por el otro edificio nos permitieron entrar sin problemas. El avión estaba listo. Nos alistamos para despegar. Audífonos, cinturones y puertas cerradas. Al fin descansaron mis pies del piso caliente. Ésta vez me acomodé mejor en el avión, ya sentía más confianza en mi atuendo y pude sentarme con los pies cruzados, como un ‘Buda’. Siempre he pensado que es una posición muy cómoda. Me encantaba escuchar la forma de comunicarse con la Torre de Control. Después de estar un rato en espera, Robert puso potencia y el avioncito rojo suavemente se levantó del suelo hasta que nos tenía en el aire. Tomamos la misma ruta por la que veníamos. Con una leve diferencia: Robert me prometió que sería especial para mí. Apenas estabilizó el vuelo, me explicó sus planes. Dejaría que yo tomara los controles. Era la primera vez que seria consciente de lo que haría. Cuando estaba pequeña, de unos 8 o 9 años ya lo había hecho, pero para mí había sido como estar en un videojuego. Además en esa ocasión tenía a mi papá al lado. Miré a Robert con ojos de incredulidad pero de emoción al mismo tiempo. Sé que para muchos que lean esto es algo trivial, rutinario, cotidiano, habitual. Pero en lo que a mí respecta alimentó inmensamente mi sueño de ser piloto y ‘volar toda la vida’… Ahora soy 75% ingeniera. Después de una sencilla explicación tomé firmemente los controles y pude sentir los efectos de mis movimientos en el avión. Un gesto de mi ‘pasajero’ me dio la aprobación para hacer un viraje leve hacia la derecha, lo que nos hizo desviarnos del rumbo inicial. Luego a la izquierda. Y otra vez a la derecha. No podía creer que yo estaba dirigiendo el avión hacia donde yo quisiera. Robert me recordó estar pendiente de la altura y me recomendó no salirme de cierta área. Antes de esto sentía frio por la poca ropa que tenía, pero la adrenalina me invadía y el frio desapareció. De tantas vueltas perdí el sentido de orientación y ya no sabía hacia donde estaba Armenia. Intenté ubicarme con la ayuda de la cordillera pero mi mente estaba a mil por hora y me atolondré. –Bueno, se te acabó el jueguito- dijo mi piloto.
Volvimos a la seriedad del vuelo pero en mi cabeza seguían rondando esos minutos en que me sentí la mujer más realizada del planeta. Recordaba segundo a segundo lo que había escuchado, hecho, visto, aprendido, sentido, como si fuera una película en vivo que acababa de ver. Se me olvidaron las ampollas en los pies y el papel de reina desfilando. Olvidé también los colores que se me subieron a la cara, las ganas de esconderme y la mirada de sorpresa de tanta gente. Seguramente pensarían, ‘esta niña está loca, se le perdió la playa?’, algo así pienso yo cuando veo a alguien con gafas oscuras en un día nublado. Es un poco salido de contexto.
De repente Robert soltó una gran carcajada y yo no entendía que pasaba. Él es un poco loco. Me dijo –Manu, contemos chistes de aviación- y yo me reí. Aunque yo no me sabía ninguno, él si tenía en su mente una cantidad de cosas que nos hicieron, literalmente, llorar de la risa. Se burló de todos, de los pilotos, las azafatas, los instructores, los pasajeros y el personal en tierra. Uno por uno los cogió de tema. Es agradable saber que estamos rodeados de personas con buen humor, que sin ánimo de ofender a nadie, se aprovecha de los estereotipos y hace de ellos un tema para disfrutar. Lastimosamente ahora no recuerdo ninguno de sus graciosos comentarios.
Pasamos de largo por Armenia y era hora de aproximar en El Edén. Después de la reglamentaria comunicación, nos pusimos serios, alineados con la pista, y tocamos suelo, un aterrizaje ‘mantequilludito’ como dice mi papá cuando aterriza suavemente sus aeromodelos. El avión llegó al lugar de donde partimos, descendimos y los policías de la requisa nos miraron con el mismo gesto de sorpresa que tenían cuando nos vieron salir. Entramos al aeropuerto, cruzamos la sala de abordaje y luego un taxi nos llevó hacia el hotel. Al fin podría ponerme cómoda otra vez. Cuando llegamos, agradecí a Robert con una de mis mejores sonrisas, sin conocer las implicaciones de lo que hace unos momentos me había permitido hacer. Es algo que aún me marca y recuerdo bastante. En el hotel ya no me importaba estar en vestido de baño. No me creía fuera de tono. Después de saludar a mi madre y otras personas que estaban en la mesa, me senté en la piscina, pedí una limonada, y pensé en voz alta –QUE BONITO ES SOBREVOLAR MI PAÍS! VIVA COLOMBIA CARAJO!-


Otra toma del avión, en el Festival Aéreo.


Aproximación en El Edén


Vista aérea del Parque del Café.

Esto fue gentileza de Manu Jaramillo, una piba divina que conocí ayer nomas, a travéz de internet.
Manu, te doy las gracias, me encantó tu historia, la disfruté y me divertí mientras la leía. Además es un placer para mí poder compartir otras experiencias aéreas.
Un abrazo grande.

martes, 30 de noviembre de 2010

Un e-mail y un cuento.


Querido Pablo: despues de la amena charla del otro dia, al escucharte , me quedo una energía y ansias de volar, no se si para subirme a un ultraliviano ja, pero si y eso si, me transmitiste el entusiasmo la osadia de lo que se siente cuando uno se anima a escuchar los mas profundos deseos, aquellos que desafian las reglas de lo comun, aquellos proyectos extraordinarios, anhelos de despegar...y luego tu pagina, una declaracion "permitido volar" me suena a permitido soñar, permitido intentar salirse de lo comun, de la rutina; permitido intentar lo nuevo; permitido ser Yo con mis deseos, mis sueños, mi naturaleza.
Y...no morir en la pavada General un flagelo que corta las alas.
Aqui va un cuento para compartir contigo, espero te guste.
Un abrazo
Sandra

Los pavos no vuelan.
Cuentan de un paisano de Catamarca, que se encontró un huevo muy grande, nunca había visto nada igual. Decidió llevarlo a su casa.
-¿Será de avestruz?- preguntó su mujer.
-No, no, es demasiado abultado- dijo el abuelo.
-¿Y si lo rompemos?- propuso el ahijado.
-Es una lástima, perderíamos una hermosa curiosidad- respondió la abuela.
-Miren, ante la duda, se lo voy a colocar a la pava que está calentando los huevos, tal vez con el tiempo, nazca algo- afirmó el paisano.
Y así lo hizo.
Cuenta la historia que a los 15 días nació un pavito oscuro, grande, nervioso, que con mucha avidez comió todo el alimento que encontró a su alrededor. Luego miró a la madre con vivacidad y le dijo entusiasta:
-Bueno, ¡ahora vamos a volar!
La pava se sorprendió muchísimo de la proposición de su flamante crío y le explicó:
-Mirá, los pavos no vuelan, a vos te hace mal comer tanto y apurado.
Entonces, todos trataron de que el pavito comiera más despacio, el mejor alimento y en la medida justa. Pero el pavito terminaba su almuerzo o su cena, su desayuno o merienda y les decía a sus hermanos:
-¡Vamos muchachos, vamos a volar!
Todos los pavos le explicaban nuevamente: ´´los pavos no vuelan, a vos te hace mal la comida``
El pavito fue hablando más de comer y menos de volar.
Así creció y murió….. en la pavada general. Pero no era un pavo, era un cóndor. Había nacido para volar hasta los 7.000 metros. Pero como nadie volaba….
El riesgo de morir en la pavada general, es muy grande. Como nadie vuela…
Muchas puertas están abiertas porque nadie las cierra, y otras puertas están cerradas porque nadie las abre.
El miedo al hondazo, es terrible. Pero la verdadera protección está en las alturas, especialmente cuando hay HAMBRE DE ELEVACIÓN Y MUY BUENAS ALAS.

Gracias Sandra.

jueves, 5 de agosto de 2010

En la radio

El sábado 17 de este mes estuvimos como invitados en el programa Reencuentro que sale en FM Fundación (104.1MHz o www.fmfundacionlaplata.com.ar), allí estuvimos presentes Enrique, Martín, Matías, Jorge (el conductor del programa) y yo. Compartimos una hora, donde nos divertimos mucho, contamos que eran los ultralivianos, como fué que nació nuestra pasión por el vuelo y más. Si querés escuchar como salió aquí dejo la grabación.

martes, 4 de mayo de 2010

Así lo siento


Encontré este texto en internet con el que me siento identificado, lo comparto pues refleja lo que sentimos varios de estos locos que volamos.


SER PILOTO ES ...

Existen dos variedades de pilotos, aquellos que llevan en su sangre la necesidad de volar por la misma razón que necesitan dormir, comer o respirar y aquellos que lo hacen simplemente por tarea, por obligación o porque no tienen otra alternativa. Los últimos, usualmente llegan a la profesión por casualidad u otra forma no planeada.
Los primeros, frecuentemente tienen la inquietud desde la niñez cuando veían en los aviones algo notable, místico, sublime quizás. Muchos de estos empezaron de pequeños a construir modelos de aeroplanos o acumulando fotos, pósters o cualquier otra colección con motivos aéreos. Conocían las especificaciones y datos de cualquier avión con lujo de detalles. Cuando crecen y tienen la fortuna de realizar su sueño de niñez, disfrutan enormemente su trabajo, se sienten (y son) los hombres más afortunados del planeta. “Los Pilotos son una clase aparte de humanos, ellos abandonan todo lo mundano para purificar su espíritu en el cielo, y únicamente retornan a la tierra después de recibir la comunión de lo infinito.” Este grupo conoce la diferencia entre volar para subsistir y subsistir para volar. La aviación les enseña orgullo como también humildad y, a pesar de que volar es un hechizo, ellos caen voluntariamente víctimas de su maleficio. Cuando en tierra, y durante días soleados, observan continuamente el firmamento añorando estar allí. Durante días lluviosos y nublados, recrean los procedimientos de vuelo en sus mentes.
El piloto sabe que el mejor simulador de vuelo está en él mismo, en su imaginación, en su actitud; porque la mente del piloto está siempre accesible a elementos nuevos y comprende que para volar necesita creer en lo desconocido. No obstante, los pilotos son hombres lógicos, calmados, disciplinados, que por necesidad precisan de pensar claramente, pues de otra manera se arriesgan a perder violentamente la vida.
Al sentarse en la cabina, el verdadero piloto no ata su cuerpo al cuerpo del avión, todo lo contrario, a través del arnés él amarra el avión a sus espaldas, a su completa anatomía. Los controles de la aeronave pasan a ser una extensión de su persona. Esta simple acción une al hombre y al aparato en la simetría de una sola entidad, en una mezcla única e indescifrable. Cada vibración, cada sonido, cada olor tiene sentido, y el piloto los interpreta apropiadamente. No hay duda de que el motor es el corazón del avión, pero el piloto es el alma que lo gobierna. Los pilotos no ven a sus objetos de afección como máquinas, todo lo contrario, son formas vivientes que respiran y poseen diferentes personalidades. Hay momentos en que dialogan y hasta riñen con ellos. Estos seducidos mortales perciben a los aviones con dotes de belleza incondicional.
Porque nada estimula más los sentidos de un aviador que la forma exquisita de una aeronave. No lo pueden evitar, están infectados por el sortilegio y vivirán el resto de sus vidas cautivadas por el embrujo de su belleza.
Para el piloto, percibir un avión es como encontrar un familiar perdido, una y otra vez. Cuando el destino trágico muestra su inexorable presencia y hay vidas que se pierden en infortunios aéreos, la esencia del piloto se entristece por lo acontecido. Más no podrá evitar, quizás por un infinitesimal segundo, que la sombra de su pensamiento se remonte al aparato y un golpe de aflicción, por el “amigo” caído, le sea inevitable.
Para el aviador, el sonido de pistones es una espléndida sinfonía, el sonido de un jet la síntesis de la fuerza. Aviones peligrosos no existen, solamente no pilotados adecuadamente. Para él, los aeropuertos son altares del talento humano, allí se realizan diariamente los desafíos y milagros frente a la energía de la naturaleza y la fuerza de la gravedad. Son lugares sagrados donde el ritual de volar se exalta y se glorifica, de donde caminos y fronteras se contraen y el mundo empequeñece. En los que igual se llora de alegría que de tristeza. En donde nacen esperanzas y sucumben ideales. En los que se evocan sitios lejanos y se añoran ausentes queridos. En donde en el sonido del silencio habitan los recuerdos y las hazañas de gigantes.
En el aire el piloto está en su elemento; es su hogar es allí donde él pertenece. Es allí donde él logra liberarse de las esclavitudes que lo sujetan a la tierra. Es un obsequio de los dioses y el aviador lo acepta con respeto y alegría. Este privilegio le permite escalar las prodigiosas montañas del espacio y alcanzar dimensiones en el firmamento que otros mortales no han alcanzado. Este regalo le permite apreciar la perfección del Creador y la absurda pequeñez de los humanos. Le permite, igualmente, reconocer que nadie ha visto la montaña hasta que ve su sombra desde el cielo.
Distinguir una persona que ha ofrecido su alma a la aviación es fácil: en una muchedumbre, cuando un avión pasa, su mirada se tornará inmediatamente al firmamento buscándolo, y no descansará hasta hacer contacto visual con el objeto de su distracción; no importa cuántas veces haya visto el mismo avión, es preciso verlo. Es algo inconsciente y se origina espontáneamente.
Los pilotos quizás puedan explicar los elementos físicos del vuelo, pero describir lo que ocasiona a su existencia es imposible. Porque explicar la magia de volar está más allá de las palabras…

“Papá, dejé mi corazón allá arriba.” Francis Gary Powers, famoso piloto de la USAF, derribado sobre la Unión Soviética en 1.960, describiendo su primer vuelo a la edad de 14 años.

Mantenimiento y chequeo pre-vuelo (final)

En cuanto a un buen descanso, si me alimento bien y si tengo una buena actividad física, me ayudan en mucho. Si a esto le sumo el soltar l...