Dos años de no escribir en el blog y veo que todos los días hay quien lo visita, lo que realmente me sorprende y me alegra. En este tiempo, entre otras cosas, he presentado mi primer libro, que se titula "Permitido Volar", como este blog y que contiene algo de lo publicado aquí más algunas cosillas que aquí no están.
Les cuento que el libro está disponible en versión impresa para Argentina y en e-book para el resto del mundo, Si querés tener tu ejempar aquí al costado tenés el link o si no contactate conmigo.
sábado, 10 de octubre de 2015
martes, 19 de noviembre de 2013
Héroes de fuego
En esta oportunidad quiero compartir una nota que realizó Camila Belén Zarandón. Camila, quiero decirte que me encantó la nota, hay una gran escritora en vos. Me siento halagado y a la vez siento que me queda grande, gracias por tan lindas palabras, creo que no merezco tanto. Si siento que estos locos que eligen ser bomberos voluntarios, que están hace años sirviendo a su comunidad, son verdaderos héroes y es un placer para mí estar cerca de ellos.
Abajo la transcribo y para el que quiera ver más puede hacerlo en su blog: www.periodismotranserrano.blogspot.com.ar
HÉROES
DE FUEGO
El intenso
anaranjado del amanecer presagiaba una jornada calurosa. La naturaleza recibía
al nuevo día con el singular sonido del trino de las aves y el desliz alborotado
de lágrimas de polvo. En el ambiente se respiraba tristeza y sequía.
Pablo Busse salió al patio de su
casa dispuesto a alimentar a los pájaros que cada mañana lo visitaban. Inspiró
profundo y observó el paisaje. El verde amarillento cubría árboles y
pastizales, mientras que una gama de grises revoloteaba en torno a la brisa.
Dirigió su mirada a las majestuosas sierras cordobesas, esperando deleitarse
nuevamente con la espectacular vista que ofrecían, pero se sorprendió. Al filo
de las mismas se distinguía una columna de humo. “Un incendio” pensó. De
inmediato llamó al cuartel de Bomberos Voluntarios de la localidad de Los Hornillos
y expresó su deseo de colaborar en la lucha contra el fuego. “Estoy a su
disposición” dijo con ímpetu.
Pablo es oriundo de la Ciudad de La Plata. Tiene 42 años y cuenta
con una amplia variedad de profesiones en su haber: coach ontológico,
administrador de empresas, practicante de aikido, piloto de aeronaves y
escritor en el blog www.permitidovolar.com
. No obstante, para ver realizado su afán de servir al prójimo tuvo que
recorrer un largo camino. A fines del año 2012 abandonó su ciudad natal en
busca de nuevos horizontes. Es así que junto a su esposa y sus dos hijos
menores se estableció en Nono, un tranquilo y pintoresco pueblo con alma de
artistas, colmado de historias y surcado por ríos de aguas cristalinas, que se
ubica en el corazón del Valle de Traslasierra, provincia de Córdoba. Allí su ideal
de aventura y prestación comenzó a tomar forma. Un frío día invernal leyó un
mail enviado por la Cámara
de Comercio del pueblo, que lanzaba una convocatoria para conformar el cuerpo
de bomberos voluntarios del destacamento de Nono, inaugurado el pasado 2 de
junio en honor al Día del Bombero. Entusiasmado,
aceptó gustosamente.
Ese martes 10 de septiembre, Pablo
se propuso continuar con su rutina diaria. Por teléfono le habían dicho
“Cualquier cosa te avisamos. Tenemos que esperar que baje un poco más, para que
nosotros podamos llegar”. Sin embargo, un insistente pensamiento se había
instalado en su mente “tengo que ir” se repetía, “algo puedo hacer”. Si bien sólo
era un aspirante que contaba con poco
tiempo de entrenamiento, coraje, brío y determinación lo impulsaban a actuar.
Recordaba la energía que invadía su cuerpo cuando de pibe veía películas en las
que intervenían los bomberos, quienes rodeados por un aura de audacia y
valentía rescataban a la gente y acometían las llamas. Estaba muy movilizado.
Decidido se dirigió al cuartel de
Los Hornillos, donde se informó más sobre el tema. El incendio tenía origen en el
Valle de Calamuchita, situado al otro lado de las Sierras Grandes. Era tanta su
magnitud que había logrado cruzar la cima y estaba bajando rápidamente por la
falda oeste rumbo a Las Rabonas, localidad limítrofe a Nono y a Los Hornillos. También
escuchó comentarios acerca de que eran muy pocas las personas con las que se
contaba para subir a las cumbres. “Yo voy” dijo muy convencido. Una hora más
tarde vestía un mameluco anaranjado, portaba los elementos necesarios en una
mochila y para su deleite, sobrevolaba el Valle de Traslasierra en un imponente
helicóptero del ejército. Estaba listo para su bautismo de fuego.
Emprendió la drástica aventura junto
a nueve compañeros, quienes comprometidos con su labor no sólo cargaban en sus
espaldas líneas, mochilas de agua, frutas y bebidas, sino también valor,
convicción y nobleza. Fueron 14 horas de intensa lucha. El gigante avanzaba
intrépidamente, devorando todo a su paso. Árboles centenarios y flora autóctona
sucumbían ante el monstruo de luz y calor. El agua no era suficiente. La sequía
y las altas temperaturas complicaban aún más la situación. Los bomberos
peleaban cuerpo a cuerpo contra el fuego, lo azotaban enérgicamente con
chicotes, deseando que su esfuerzo dé resultado.
Cuando el incendio parecía estar
controlado, surgió otro obstáculo: comenzó a soplar viento en dirección este a
unos 30km/h, factor que reavivó las llamas. Reanudaron la batalla, pero el enemigo
parecía no ceder.
“Me sentía tan vivo como el mismo
fuego… -me dice con un brillo en los ojos-. Hubo momentos en los que no daba
más, tenía los brazos muy cansados. Igual hay como una fuerza que te sale de
adentro, que te impulsa a seguir. Te acalambras pero seguís, te duele pero
seguís”. Agrega también que en todo momento se sintió cuidado por sus pares,
quienes estaban atentos a todos los detalles y lo guiaban y apoyaban en la
ardua tarea. “Vi un equipo muy unido, que respondía a las instrucciones de
Santiago”.
Fue justamente Santiago quien, al
percibir el agotamiento del grupo, tomó la desición de regresar. El descenso
fue largo y duro, la geografía del terreno y el cansancio acumulado
imposibilitaban la marcha. Luego de horas de caminata, llegaron al lugar donde
los esperaba la camioneta encargada de transportarlos al cuartel; allí recuperaron
fuerzas con comida caliente y bebidas hidratantes. Estaban extenuados, pero su
interior ardía de satisfacción y felicidad ante la certeza de haber realizado su
mejor esfuerzo.
Santiago Ramírez es jefe del
Destacamento de Bomberos Voluntarios de Nono. Cuenta con una amplia experiencia
al servicio de la comunidad. Comenzó hace 11 años como integrante de una
patrulla que se dedicaba a la prevención y combate de fuegos chicos. Pero su prestación
crecía junto con él, que por entonces sólo tenía 18 años e ingresó al cuartel
de la localidad de Mina Clavero. Luego se incorporó al cuerpo de bomberos de
Los Hornillos, donde actuó con éxito hasta que el destino lo trajo a su lugar
de origen, Nono.
Se refiere a su vivencia en el
incendio de septiembre con el profesionalismo que lo caracteriza “Tuvo lugar en
cercanías a Las Rabonas, donde fueron afectadas aproximadamente 8.000 hectáreas , en
las cuales trabajamos seis días para llegar a hacer la extinción total”. Menciona
que se hizo hincapié en los sectores bajos de las serranías, para evitar que
las llamas llegaran a las zonas pobladas. La operación fue compleja, ya que
hubo varios momentos en los que el fuego cobraba intensidad y era imposible
controlarlo. Además, un terreno rico en laderas, paredones, piedras y
pastizales dificultaba el accionar del equipo.
Durante seis días los habitantes
transerranos fueron tristes testigos del sufrimiento de la naturaleza. Miraban
al cielo y rogaban por agua, por gotas que calmasen el aullido infernal de la
tierra. Estaban hastiados de la sequía que imperaba en un ambiente sin lluvias
desde hacía más de cinco meses. Un sinfín de sensaciones invadía sus cuerpos al
tiempo que alentaban fervientemente a las diferentes dotaciones que se
arrojaban con denuedo a cumplir su difícil misión.
Con el operativo de extinción
colaboraron también las entidades gubernamentales, que aportaron helicópteros,
aviones hidrantes y personal especializado. Los civiles más intrépidos tampoco
permanecieron ociosos, con un espíritu de hierro acataron las órdenes de los
bomberos y se sumaron a la lucha. Su cooperación resultó inestimable. Una
comunidad fuertemente unida donaba con ahínco materiales y alimentos.
“La buena voluntad de la gente para
ayudar era increíble, nunca habíamos vivido una situación de tanta solidaridad”
sostiene Daniela Romano, una joven de 26 años que se desempeña como instructora
de aspirantes menores en el cuartel de Los Hornillos. Con una sonrisa
nostálgica relata que se unió hace 11 años motivada por las excursiones al aire
libre y el contacto con el medio ambiente. A medida que el tiempo transcurría,
se fue interiorizando con las actividades propias de la tarea humanitaria que
definió su vocación de servicio.
En el combate del gran foco de
septiembre, Daniela cumplió un rol fundamental; se encargó de la organización
del cuerpo de bomberos, brindando el apoyo logístico necesario para cumplir el
objetivo. No ascendió a la zona en crisis, su tarea estuvo concentrada en la
base de las sierras y en el cuartel. Registró en el libro de guardia cuantas personas
subían, con qué medios de comunicación contaban, qué herramientas
transportaban, quién estaba a cargo. Además informó constantemente de la
situación a una sociedad alerta que se hacía eco del siniestro mediante las redes
sociales. “Había que tranquilizar a la gente, informarle que estábamos
trabajando. Explicarles también que algunos lugares eran inaccesibles. Somos
bomberos, pero no volamos”.
Le pregunto cómo es el vínculo entre
compañeros al momento de afrontar estas penosas circunstancias. “En el trabajo
surge el verdadero equipo” responde, orgullosa de pertenecer al mismo.
El incendio que azotó a este sector de
Traslasierra finalmente fue controlado el domingo 15 de septiembre, cuando la
tan anhelada lluvia se hizo presente. Pero el alivio fue total al día
siguiente. Para diversión de los niños y sorpresa de los adultos una intensa y
copiosa nevada cubrió de blanco valles y serranías. Fue un regalo del cielo que
llegó en el momento justo. Los copos invadieron la zona afectada. Luego del
rastrillaje y la guardia de cenizas correspondientes, los bomberos pudieron al
fin descansar.
Pablo narra su experiencia con
sencillez y emotividad. “Me gusta sentir que servís”, dice convencido de su labor.
Aunque todavía permanece incrédulo ante las muestras de agradecimiento de
algunos pobladores, que lo ven en la calle y se acercan a felicitarlo y
estrechar su mano.
Es domingo 10 de noviembre. Ya han
pasado dos meses de aquel terrible incendio. Pablo lo recuerda como una
aventura inolvidable que marcó un hito en su espíritu. Extasiado de memorias se
sube a su camioneta y se dirige al lugar de prácticas. Está entusiasmado ante
la perspectiva de reencontrarse con sus compañeros, con aquellos héroes
anónimos en los que se puede confiar en todas las circunstancias de la vida. El
vehículo avanza pesadamente por las calles polvorientas, al tiempo que la
naturaleza brilla de un atardecer color fuego.
viernes, 12 de julio de 2013
Tres días en vuelo (2° parte)
Caleu arranca, acelerador a tope, velocidad
sobre el césped, cuando el
velocímetro
marca 50mph traigo la palanca hacia mí, se nota que vamos con más peso que de
costumbre a pesar de que el equipaje es mínimo, 5 litros de aceite para
preparar mezcla, un bidón de 20litros para buscar combustible, una bolsa donde
llevo mi poncho por si puedo hacer noche dentro de algún hangar y mi bolsito
con toda mi documentación y la de Caleu. Ahora flotamos y comenzamos el
ascenso. El cielo sigue cubierto por esa masa densa de color gris que oculta lo
mágico del celeste, que me significa ese espacio de libertad hasta el infinito.
Igual no hay forma de no sentirme libre aquí arriba.
El vuelo transcurre ahora movidito,
es un horario de térmicas, que a pesar de estar nublado y hacer frío, están
aquí. Caleu se mueve un poco, es como si nos agarraran desde arriba y tiraran
hacia allí y de golpe nos sueltan, esto sucede muchas veces y rápido, ahora el
ala derecha es la que sube, un poquito de palanca para ese lado entonces; y
así, acomodándonos a estos movimientos, seguimos.
Estoy sentado aquí con Caleu, mientras él
intenta hacer el viaje lo más suave posible yo regreso el tiempo atrás. Me veo
sentado en la silla, dentro de la casa de Matute, con un pie haciendo base
sobre el suelo, la otra pierna cruzada, apoyando el tobillo izquierdo sobre la
rodilla derecha, formando un triángulo que hace de cuna para Luca. Duerme
tranquilo, sabiéndose cuidado, acaba de conocerme y ya confía en mí, veo al
bebé más hermoso del mundo, soy nuevo en esto de ser abuelo, apenas unos días, me
siento impactado, ¿yo abuelo?, ¡si todavía no se que voy a ser cuando sea
grande! Sin embargo creo que va a estar bueno, que puedo llegar a ser un abuelo
piola, divertido y que puede tener algo para enseñar.
La ruta allí abajo llega a un punto que forma
una T, sigo derecho, sin ruta de guía, según el mapa en unos kilómetros
cruzaremos la 8 que es la que seguiré. Veo un ave a la izquierda, está cerca,
creo que es una gaviota, de pronto se cruza por delante, palanca y pedal a la
izquierda y la dejamos seguir su vuelo hacia el norte.
Veo que queda poco combustible,
avanzamos más lento de lo que pensaba, sobre la ruta, en una entrada a una
pequeña población hay una estación de servicio y un poquito más adelante campo
libre al costado de la ruta, me sobra espacio para bajar y está limpio y
despejado, vuelta y abajo. Bajo la potencia y me acerco cada vez más al suelo,
palanca atrás, pero en vez de apoyar sobre el suelo caigo unos cuantos
centímetros y apoyan las ruedas con un salto, nos detenemos y bajo. Observo y
encuentro que el soporte de la rueda izquierda se dobló un poco, reviso bien,
no es algo importante, no veo que vaya a tener inconvenientes con esto, voy a
llegar hasta Mina Clavero, que es mi destino y una vez allí sacar la pieza para
dejarla derechita.
Cruzo a la estación de servicio en
busca de combustible, está a unos 300 metros aproximadamente.
-
Buenas
tardes, puede ser 20
litros de Súper – pregunto.
-
Si,
como no.
-
¿Dónde
estoy?
-
En
La Luisa , sobre
ruta 8.
-
Gracias.
Vuelvo al lado de Caleu, un auto se estaciona
en frente de la ruta y desde adentro observan, nadie baja, creo que vinieron a
ver el despegue. Preparo la mezcla, paso el combustible al tanque, hago un
chequeo a Caleu. El auto se aburrió de esperar y se va. Enciendo motor y al
aire nuevamente.
Seguimos avanzando, la idea original era salir
hoy a las 8am y llegar hasta Río Cuarto para hacer noche, plan que ya se
modificó pues salimos a las 11hs, y además avanzamos más lento de lo que había
calculado, ahora me propongo llegar hasta Hughes y allí ver si tengo un rato más
de luz o si me quedo a hacer noche.
La ruta allí abajo, en este tramo, es una gran
recta. Pasamos varias poblaciones, la mayoría conectadas por un camino hasta la
ruta, pequeñas poblaciones, calculo que de vida muy tranquila y de producción
de los inmensos campos que hay alrededor.
Adelante aparece otra población, pero esta es
más grande. Acercándonos se distingue ahora muchos edificios, y un barrio de
casas igualitas hacia el norte. Mi ruta guía se transforma en la avenida
principal, voy bordeando la ciudad por el norte, intentando no perder de vista
la ruta que ahora está en medio de la ciudad. Consultando el mapa me digo que esto
debe ser Pergamino. Ya del otro lado de la ciudad, perdí de vista mi ruta guía,
tomo un poco más de altura y distingo la avenida que se convirtió en una calle
de tierra. Observo el mapa nuevamente y veo que aparte de la ciudad solo se
cruzan dos rutas, una que viene del sur-oeste hacia el nor-este y la otra es la
8 que va para el nor-oeste, así me oriento de nuevo y distingo cuál es mi ruta,
allí vamos. A mi izquierda una pista, al costado de la ruta, se ven aviones más
grandes y ultralivianos, veo que un grupo de gente me observa, muevo las alas
para saludar y continúo con mi vuelo.
Otro rato en vuelo, a mi derecha tengo una
pista, aquí podría bajar por combustible. Me acerco y veo todos los hangares
cerrados, no hay autos, ningún movimiento, aquí no hay nadie. Hago una pasada y
vuelvo para ver si alguien ha salido y nada. Miro el combustible, tengo para un
rato más, mejor sigo hasta la próxima.
Pasan varios minutos, tal vez media hora. Abajo hay ahora otra población, consulto el
mapa, esto debería ser Hughes, el mapa me muestra una pista. No la encuentro.
Continúo un poco más pero no aparece. Queda pocos minutos de día, la noche reclama su lugar. Las nubes se fueron
y dejaron el cielo al desnudo.
Vuelvo y
decido bajar en un campo que está al lado de una pista de carting, donde hay un
grupito de personas que observan y otros que están corriendo. Observo el
terreno y luego bajo. Aterrizaje suave, algunos saltitos por el terreno que
hizo de pista. Carreteo un poco para acercarme al lugar donde hay gente. Quietos,
detengo el motor. De golpe nos inclinamos hacia la izquierda, Caleu está
herido, el soporte de la rueda, el que
pensé que iba a llegar hasta el final de este viaje se dio por vencido. Me saco
el cinturón, me bajo, lo miro y pienso: que macana amigo.
Me acerco hasta donde está la gente.
- Hola, buenas tardes.- saludo.
- Hola, ¿que te pasó? – me dice uno de los que
estaban allí.
- No encontraba dónde estaba la pista y bajé a
preguntar, pero ahora tengo un problemita más.
- Si, veo. Dame un minuto que llamo a Fernando,
que el anda siempre con los aviones.
En unos veinte minutos Fernando y Jorge, su
amigo, se hicieron presentes. Coordinamos acciones, Jorge se fue en busca de un
trailer en donde subir a Caleu y con Fernando nos quedamos desarmando el
soporte de la rueda.
- Te vi pasar por arriba de la pista, pensé que
ibas a bajar allá, pero pasaste de largo.
- No te puedo creer, le pasé por arriba y no la
vi. Mi idea era bajar allí.
- ¿De dónde venís?
- Salí de Poblet, La plata, esta mañana y voy
hasta Mina Clavero. La idea era llegar mañana, pero ahora con esto, no se, y
para sumarle me agarra muy justo de dinero, recién estoy empezando allá.
Llega Jorge con camioneta y trailer,
la noche se hace presente también. Subimos a Caleu y comenzamos el traslado
hasta el aeródromo que está cerquita. Adelante conduce Jorge, atrás viene
Fernando con el auto, iluminando, más
atrás Emiliano con su camioneta y yo subido al trailer, sosteniendo a Caleu.
Primeros cuarenta metros y está la tranquera del campo, muy despacio avanzamos,
hasta que vemos que las alas tocarían en los postes de la tranquera. Emiliano
se acerca y él de un ala y yo de la otra vamos levantando para que pase. Ya
está afuera del campo, vamos por un camino viejo, en el que hay montañas de
escombros y árboles talados a la altura de las alas. Continuamos a paso de
hombre, bajándome para levantar un ala cuando es necesario. Etapa superada,
estamos ahora en una calle de asfalto, avanzamos, lomo de burro, despacito.
Camión estacionado a la izquierda, nos vamos hacia el otro lado y casi raspando
pasamos. A la derecha árboles, vuelta hacia la izquierda y seguimos. Otro lomo
de burro, despacito de nuevo. Ahora hay varios autos estacionados, el ala
derecha pasa por arriba de ellos. De frente viene un camión, por suerte es una
calle interna que da a un matadero, así que viene despacio. Nos vamos bien a la
derecha y le dejamos el espacio justo para que pase. Seguimos los pocos metros
de asfalto que quedan y ahora el camino es de tierra, pero enseguida aparece la
entrada del campo dónde se encuentra el aero. Para cruzar la tranquera
nuevamente tenemos que levantar las alas con la ayuda de Emiliano. Veinte
metros más y tenemos a la derecha árboles y a la izquierda un poste de luz.
Jorge hace unos intentos de maniobras, pero no hay caso. Desenganchamos el
trailer y a mano lo maniobramos, lo ponemos de costado y luego lo giramos y así
logramos que pase. Enganchamos nuevamente y avanzamos, se repite la última
situación y repetimos la solución. Otra vez más enganchamos y ya hemos llegado
al lado del hangar, solo tenemos que pasar por una última tranquera bastante
alta. Desenganchamos y seguimos a mano. De cola hasta estar bien cerquita del
alambrado, giramos, levantamos la punta del ala para que no toque el poste y ya
tenemos un ala adentro, descanso de un instante y seguimos con el otro ala de
la misma manera. Listo, está al lado de la puerta del hangar, hoy duerme afuera
ya que adentro no hay lugar. Lo tapo.
- ¿Dónde vas a dormir? – me pregunta Fernando.
- No se, cuando veníamos para acá pasamos por
la puerta de un hotel. – digo.
- Esperá que te averiguo si podés dormir acá.
- Uy, que bueno, sería genial. –
contesto.
- Escuchame Pablo, si querés me
llevo el soporte y mañana en cuanto abro el taller me pongo a reparar esto. –
me dice Jorge.
- Buenísimo, eso sería un lujo.
Jorge tiene allí un taller
metalúrgico y suele hacerle algunos trabajos para el aero. Emiliano tiene un
camión, él fue quien llamó por teléfono y estuvo en todo momento a disposición.
Nos saludamos y agradezco toda la movida que han hecho solo para dar una mano a
esta persona que soy yo.
Llega Fernando y me dice que ya
está arreglado, que me quedo a dormir ahí en la casa, donde vive Antonio y su
sobrino Agustín. Vamos hacia la casa, que está al lado del hangar, y me
presenta con Agustín y me muestra dónde voy a dormir, en un dormitorio hay unos
colchones y mantas para pasar la noche.
- Che Fernando, ¿me alcanzás que
voy para el pueblo? Pablo, vos ponete la tele y buscá que algo debe haber para
comer – dice Agustín.
- Gracias Agustín pero ya es
mucho, mejor me voy con vos hasta el pueblo y como algo allá.
- Bueno,
como quieras.
Nos subimos
al auto con Fernando y nos dejó en una estación de servicio. Antes de bajar
Fernando saca $100 y me dice:
- Tomá, por si andás medio corto,
comé bien.
- No, gracias che, fue un
comentario eso, pero para comer tengo.- agradezco y no acepto.
Bajo y también baja Agustín,
compartimos un café en la cafetería de la estación de servicios, que no me dejó
pagar, y en un rato nos contamos nuestras historias. Se va, hago algunos
llamados contando dónde estoy y ceno un impresionante y delicioso sandwich de
lomo completo con un plato de ensalada, estaba hambriento, en mi estómago solo
había unos mates que tomé a las 9 o 10 de la mañana, hoy me olvidé de almorzar
y ni me di cuenta.
Converso un poco con la chica que
atiende el lugar y en eso llega Antonio, a quién no conocía, pero él entró y
dijo:
- Hola, ¿vos sos Pablo no?
- Si, hola,
mucho gusto.
- Mirá,
vamos a esperar un poco que en un ratito tiene que llegar una amiga de mi hijo
que es artesana, que también se va a quedar en casa. – ahí entendí que era
Antonio, el que me daba alojamiento.
Antonio
debe tener unos setenta años aproximadamente, conversamos un rato, hasta que
llegó Paz, la chica que estábamos esperando, con su hijo de unos 3 o 4 añitos,
calculo, se sumó Agustín y juntos a pie volvimos hasta la casa.
La noche
era fría, pero la casa estaba bien calentita gracias a esa especie de
salamandra a leña. Compartimos un te y rato de charla en la cual nos conocimos
y supimos un poco más de cada uno. Trasladé mi colchón a la cocina, para
dejarle la pieza a Paz y su niño y nos fuimos cada uno a su cama.
Hice un
ratito de taiso, gimnasia para la salud, y me acosté. Ya con la luz apagada pensé en
todo lo que había vivido hoy, en las encantadoras personas que conocí, en lo
increíble de cómo cada una de estas personas se puso a disposición para ayudar
como sea, yendo a buscar combustible, trayendo un trailer para el traslado,
haciendo fuerza para ayudar a llevar a Caleu, dándome alojamiento, ofreciéndome
su dinero para mi cuidado. Estoy sorprendido, si bien yo soy un creyente de que
la gente en general es buena gente, y suelo tener buenas experiencias con las
personas, esto de hoy me ha dejado impactado y fascinado.
Siento el
cansancio de todo un día vivido a pleno, los párpados pesan y se cierran. La respiración
se hace más profunda. Duermo.
sábado, 6 de julio de 2013
Tres días en vuelo (1° parte)
El cielo está gris, el frío se esparce en el
campo, se acomoda y se queda, es su estación preferida del año. En el aeródromo
se hace sentir y se lo combate con mates calentitos y conversación. Pasa gran
parte de la mañana entre preparativos, chequeo, hacer combustible y otros
menesteres. El momento de volar ha llegado, nos espera una linda travesía, 950km
en 2 días, saludos, abrazos y en marcha.
Bombeo desde la bombita cebadora, el
combustible comienza a subir por la manguera, pasa por el filtro de nafta, por
la bomba y llega hasta el carburador, dos bombeos más y ya se siente la presión
de que está todo lleno. Miro alrededor, pongo en contacto y grito:
-
¿Libre?
–alguien confirma y devuelve también en voz alta.
-
¡Libre!!
Tiro de la piola y en el primer intento Caleu
arranca, él también estaba esperando este momento, quería conocer su nueva
casa, allí en traslasierra, del otro lado de las altas cumbres, con ese paisaje
tan diferente, esa belleza que tienen las sierras y los ríos de montaña, todo
un cambio de vida para los dos, en realidad para más de dos pues ya me están
esperando allí esa flaquita divina que es mi esposa, mis dos niños más chicos, Mork
y Mindy, nuestros perros y Mishi Mini Minina, la gata.
El motor ya calentó, cinturón de seguridad
abrochado. Hace frío y la cabina de Caleu es abierta así que estoy bien
abrigado, por fuera se ve el camperón que tapa hasta la nariz, la bufanda,
gorro de cuero con orejeras, auriculares, guantes abrigando las manos. Miro
alrededor, saludo con la mano y comienzo a carretear hacia la pista.
La manga cuelga indicando que no tenemos
viento, no hay nadie a la vista allá arriba, así que voy hasta la cabecera, observo
un instante más el lugar. Siento algo de tristeza, se que voy a extrañar a este
lugar y a esta gente, aquí conocí lo que era un avión ultraliviano, aquí
aprendí a volar, aquí conocí y compré a Caleu, aquí hice buenos amigos, aquí
compartí asados y fiestas, aquí volé todas las semanas estos últimos cinco
años. Todo esto es algo que queda grabado, que no se olvida. También siento
alegría pues estoy yendo a vivir al lugar que elegí para vivir, soltando un
montón cosas buenas y lindas por otras que vendrán que seguramente también serán
buenas y lindas, ya que para mí, el que sean buenas y lindas dependen más de el
que las ve que de las cosas en sí mismas.
El reloj marca las 11 en punto. Potencia a
fondo, velocidad sobre el césped, las ruedas sueltan el suelo y ahora las alas
se hacen cargo. Adiós Aeródromo Poblet, o PBE como te llamamos los amigos.
Ascendemos a 500 pies , palanca a la
derecha para corregir el rumbo hacia el nor-oeste, aquí arriba tengo viento en
contra, por suerte es suave. La ruta 2 pasa por debajo y rápido distingo la 215
allá adelante, la rotonda y la 6 que va a ser mi guía en este primer tramo. El
GPS está disponible, pero elegí guardarlo y guiarme con el mapa y las rutas,
para mi hay una gran parte de la aventura que se pierde si lo utilizo, y el
sentido de este viaje es esa aventura, creo que mientras me mantenga
transitando aventuras seguiré siendo niño. Si, ya se, un niño de 41 años, con
las primeras arruguitas en los ojos, el pelo plateado, papá y abuelo, pero con
eso que distingue a los niños: el disfrutar, el maravillarme por las cosas de
la vida y por todo lo que hay por aprender, el divertirme, el encontrar el
juego, el ver sin la gravedad que le
ponemos los adultos a las cosas.
El campo sigue desplazándose hacia atrás
lentamente, el cielo continúa cubierto y hay una especie de bruma aquí arriba
que disminuye un poco la visibilidad. Todavía no aparece la pista de General
Rodriguez, mi plan es llegar a San Antonio de Areco para hacer combustible y
seguir. Una bandada de pájaros más abajo muestra su impecable vuelo en
formación. Eso de allá adelante debe ser la pista. Mientras tanto la ruta de
asfalto a veces se acerca y otras se aleja con sus curvas, con Caleu seguimos
derechito sin perderla de vista. Lo que creí que era la pista cuando estuvimos
más cerca nos dimos cuenta que no lo era. Esto es diferente que volar en
terreno conocido donde con una mirada alrededor encontrás algo que te orienta.
La pista de Rodriguez pasa a mi izquierda, en
dos oportunidades estuve allí abajo disfrutando de esos impresionantes festivales
aeronáuticos, viendo todo tipo de aviones, nunca había venido volando, una
parte de mi quiere bajar, la otra me dice que continuemos con el plan que nos
trazamos, en unos instantes nos pusimos de acuerdo y decidimos continuar volando.
Eso de allí debe ser la autopista 7, o sea que
esa población que vimos a la izquierda hace un ratito tiene que haber sido
Luján. Seguimos adelante. Chequeo el combustible y veo que no voy a llegar a
donde me había propuesto, así que decido bajar, al costado de la ruta hay un
buen espacio para usar de pista, hago una primera pasada baja para observar de
cerca. Si, está en condiciones, subo nuevamente, dibujo un círculo completo y
abajo, las dos ruedas del tren principal tocan el pasto, la de nariz sigue en
el aire, ahora hace contacto con el suelo también, carreteo uno poco, quietos,
contacto en off. Me desabrocho el cinturón y me bajo, Caleu descanza un rato,
yo me estiro, me saco los guantes y observo que viene un hombre que sale de una
casa que hay allí cerquita y otro que del frente viene con su auto.
-
¿Todo
bien? – me pregunta el del auto.
-
¿Qué
pasó? – pregunta el otro.
-
Nada,
tengo muy poco combustible, necesitaría cargar, ¿hay una estación de servicio
cerca? – contesto.
-
Si,
acá cerca hay una estación de servicio, ¿si querés yo voy con el auto? ¿Qué
nafta lleva?
Mientras el muchacho del auto fue a buscarme
combustible me quedé conversando con sus hijos y con el otro hombre. El más
chiquito pidió subirse a Caleu y el hermano mayor le sacó fotos con el celular.
Habrán pasado unos veinte minutos y ya tenía el combustible conmigo, preparé la
mezcla, lo trasvasé al tanque de Caleu.
Más fotos, agradecí por la gauchada de poner a disposición su tiempo y
su auto y también por la conversación, saludos y a emprender el vuelo
nuevamente.
lunes, 21 de enero de 2013
Volando con amigos de alas propias
Son las
7:30am de un jueves de diciembre, pienso que va a ser un lindo vuelo, quiero
que así sea, ya que por 25 o 30 días no voy a volar nuevamente por que estaré
lejos.
Despegamos, Caleu también quería
volar, el viento está un poco cruzado a la pista, ascendemos, practicamos
algunos giros con un molino de referencia y luego unos giros escarpados.
Cuando observamos, allí nomás, cerquita,
teníamos compañía, un carancho volando, planeando, haciendo giros, aprovechando
el viento y las térmicas. Con Caleu nos acercamos, como pidiendo permiso para
jugar. Y así fue, comenzamos con el juego, el carancho gira lentamente hacia la
izquierda, seguimos su giro, siempre quedando a su lado y un poquito atrás.
Ahora giro y abajo, lo seguimos. Hacia el otro lado y arriba, lo seguimos pero
quedamos más abajo, recuperamos posición. Estamos lado a lado, el carancho me
mira, con su majestuosidad, impecable, las alas quietas y erguidas, la cabeza
de costado, ese pico que le da un aire de seriedad, de respeto, yo lo miro, nos
vemos, nos reconocemos, somos compañeros del aire, él con sus alas, yo con las
de Caleu. Seguimos compartiendo el vuelo y el juego durante un rato que no tuvo
tiempo ni intensión. Mi alma se llena, mi cuerpo lo disfruta.
Cuando pensé en este vuelo, quería un vuelo
especial, ¿yo lo cree? ¿acaso yo hice que el carancho estuviera allí volando?
No, no tengo ese poder. Pero si creo que tengo otros poderes, como por ejemplo
el de ver oportunidades. ¿Hubiera existido este vuelo, así, tal como fue, si no
hubiera distinguido al carancho volando? ¿Qué es lo que hace que lo haya
distinguido? Yo creo que mi querer, el querer ese vuelo especial hace que tenga
ojos atentos para distinguir las oportunidades que se me presenten.
Creo que las oportunidades siempre están, andan
por ahí, vagando, oportunideando, esperando ser distinguidas primero y luego
utilizadas, para poder realizarse ellas, para cumplir con su razón de ser.
domingo, 27 de mayo de 2012
Corrigiendo la deriva
Mañana de domingo, frío y humedad para recordar que estamos
en invierno. Mi caminar hacia el hangar resulta esponjoso, mis zapatos se
hunden unos pocos milímetros en la tierra y quedan mojados con las gotas de
rocío que siguen sobre el césped. Cielo grisáceo con algunos claros. La manga cuelga aburrida, el viento descansa. Los árboles quietos. Se escucha el silencio.
Soy el primero en llegar hoy, abro los portones y saco a
Caleu. Luego del habitual chequeo, y haber calentado el motor, nos disponemos a
despegar, elegimos la 21, nos ubicamos en la cabecera y potencia al tope. En
poquito recorrido ya estamos en el aire, ascendemos más y encontramos que aquí
arriba la cosa está distinta, viento y ráfagas le ponen sabor al vuelo.
Aprovechando que el viento se hizo presente nos ponemos a jugar con él. Con
viento en cola observamos la velocidad que llevamos con respecto al suelo y
luego la comparamos con la que observamos con viento de frente, siempre me
resulta divertido esa sensación de ir rapidísimo o que parezca que estamos
quietos en el cielo, como un barrilete. Luego viene el otro juego, el de hacer
un círculo perfecto con un molino de agua como centro y que el viento no te
desplace, de un lado apenitas bajando el ala y del otro lado con el ala bien
hundida. Por último el de hacer un circulo como si no hubiera viento,
manteniendo el ángulo de las alas durante toda la circunferencia, y luego
observar cuanto nos hemos desplazado del lugar donde la iniciamos.
Jugando nos hemos alejado, emprendemos el regreso. Miro
alrededor y me ubico, ya se hacia donde tenemos que ir. El viento viene de la
derecha, corrijo la deriva y Caleu continúa su recorrido avanzando de costado,
con la nariz apuntando al norte, pero con su trayectoria hacia el nor-oeste.
Con esto se me disparan algunas preguntas del vivir cotidiano: ¿sabemos hacia dónde queremos ir? ¿estamos
yendo hacia donde queremos? Si las
circunstancias soplan de costado, ¿corregimos la deriva? ¿o caemos en soltar lo
que queremos y dejarnos llevar por esas circunstancias hacia lugares distintos?
¿podemos jugar con esas circunstancias como jugamos con el viento o las tomamos
con gravedad? ¿estamos disfrutando este vuelo?
Si nos preguntamos podemos respondernos, si nos respondemos
podemos reflexionar y distinguir, si distinguimos podemos elegir.
Somos nosotros los que sostenemos la palanca de mandos, ¿nos reconocemos como los constructores de nuestra propia vida?
Somos nosotros los que sostenemos la palanca de mandos, ¿nos reconocemos como los constructores de nuestra propia vida?
miércoles, 4 de abril de 2012
Estar en las nubes
Niebla en la mañana de este domingo. Mientras espero se disipe un poco comparto mates, conversación y risas con otros locos que eligieron, como yo, estar un domingo a las 8 de la mañana en el aeródromo. Ya despejado, y luego del chequeo, pongo en marcha a Caleu, calentamos y nos dirigimos hacia la pista. Potencia a tope, carreteo sobre la pista, cuidando el ala izquierda, pues tenemos viento de ese lado. Velocidad. Soltamos el suelo, las ruedas siguen rodando, pero en el aire.
Arriba hay nubes, con Caleu nos sonreímos y ascendemos, no se si él es mi cómplice o yo soy el suyo. Subiendo quedamos dentro de la cola de una nube, es espesa, no vemos nada, es un gris con mucho de blanco, muy intenso, es hermoso y a la vez siento esa parte de susto que suele dar cuando hacemos algo que está fuera de nuestra zona de comodidad, de las cosas que sabemos, que conocemos. Son dos, tres o cinco segundos que el corazón se detiene, la respiración es profunda, honda, luego, muy pronto estamos fuera y viendo nuevamente. Es ese placer con desafío y aventura.
Ahora estamos sobre las nubes, y lo primero que encuentro es que arriba de ellas hay cielo, sol, libertad, inmensidad y belleza. Desde el suelo está nublado, desde aquí no.
Estoy en las nubes, me divierte la idea, estar en las nubes es magnífico, por lo menos para mí. Pienso:¿que pasa cuando alguien nos dice que estamos en las nubes? ¿que quiere decir? Pues se le dan muchos significados a esta frase:
-para algunos estar en las nubes es estar distraído.
-para otros significa perder el tiempo.
-otros piensan que en las nubes están los tontos.
-estar en las nubes es estar despistado.
-y para completar podría ser: estar en las nubes es no vivir en el mundo real y pensar que todo está bien y es perfecto y maravilloso.(me encanta)
Podemos decir que un músico está en las nubes, que un pintor está en las nubes, pero ¿acaso no es ese un buen espacio para crear?
¿Quienes somos para juzgar a los demás? ¿Quien nos dio autoridad? ¿Que queremos cuando opinamos sobre otro? ¿Nos damos cuenta de que las opiniones que emitimos son nuestras, que tienen que ver más con como vemos el mundo nosotros, que con el otro? A veces pienso que actuamos desde creer que tenemos la verdad, creyendo que lo que nosotros vemos es lo correcto. ¿Cómo nos relacionamos con los demás desde este lugar? ¿y si lo correcto no existe? ¿si solo tenemos distintas opiniones? Y por último, ¿si legitimamos al otro con su opinión? Hacemos el mundo en el que vivimos desde nuestras acciones, podemos empezar a elegir antes de actuar, de opinar.
Estar en las nubes me resulta muy agradable, un lugar para disfrutar, un espacio para encontrar la armonía, un sitio donde soltarme. ¡Que bueno que es estar en las nubes!
Bajamos la potencia, el motor regulando, haciendo un espiral voy perdiendo altura, observo y me impregno de todo lo que veo y siento, distingo la pista, me dirijo a ella. Un aterrizaje hermoso, que lindo que es aterrizar con viento cruzado. Despego nuevamente, solo para disfrutar de otro aterrizaje.
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